Tribunal de la Inquisicion

El Proceso de San Plácido

Tribunal de la Inquisicion

Tribunal de la Inquisicion

Un Enigma para “El Club de los Martes” ambientado en el siglo de Oro español en el Madrid de los Austrias con una ambientación atípica bastante diferente a lo habitual. Es un caso lo escribí hace ya bastante tiempo para uno de los tres settings (Inquisición) para la versión deluxe del juego. Lo he jugado en varias ocasiones.

Algunas profesiones recomendadas para la partida: Alta nobleza (Barón, Vizconde, Conde, Marqués, Duque), Clérigo (Cardenal, Arzobispo, Obispos, Jefes de Órdenes religiosas), Comerciante, Cortesano/a, Gentilhombre, Inquisidor, Militar (Maestre de Campo o General de Caballería, Coronel, Sargento Mayor, Capitán, Alférez, Sargentos o Cabos de Escuadra), Notario, Sabio (Hombre de ciencia, inventor, erúdito), Artista o Literato, Alquimista.

Enunciado

Corría 1628, en la Villa y Corte de Madrid, y más concretamente en el convento de San Plácido. En este cenobio de las monjas de la Encarnación Benita, tan solo cinco años después de su fundación, sonaron campanadas escandalosas y libidinosas de extrañas prácticas tan del gusto de nuestra historia eclesiástica.

Hasta tal punto de sonado fue, que el Santo Oficio juzgó necesario tomar cartas en el asunto. Y desde entonces incluso en algunos mentideros se afirma, ya se saben cómo son estas cosas, que escándalo ha salpicado al mismísimo Conde-Duque de Olivares e incluso a su Majestad, Felipe IV. El suceso, sea como fuere, está en boca de todos, y se ha convertido por méritos propios en historia y ésta en fantasiosos rumores. Y me temo, que de ser ciertos, y hablamos de una cuestión de estado, la monarquía peligra.

En la larga y compleja investigación llevada a cabo por el Tribunal de la Inquisición, a lo largo de los tres últimos años, se ha filtrado que casi todas las monjas (veinticinco de las treinta que había por entonces en el convento) estaban endemoniadas. Y entre ellas la priora y fundadora, Doña Teresa Valle de la Cerda, moza de veintiocho años y noble linaje; siendo también culpable el párroco y confesor del rebaño, el Padre Francisco García Calderón.

Así pues durante todos estos años la imaginación popular y los sucesos acontecidos han teñido al convento de San Plácido de un aura de magia y superchería que impregna en numerosos y extraños sucesos acaecidos en el lugar, sus visitantes ilustres, así como a los propios objetos, artísticos y religiosos, que albergan sus muros. ¿Pero vuesas mercedes serán capaces de desvelar el verdadero misterio de las endemoniadas de San Plácido?

Pistas

1 El Convento de San Plácido

El convento de las monjas benedictinas de San Plácido, llamado de la Encarnación Benita, se fundó en 1623 merced a la confluencia de dos intereses: los de don Jerónimo Villanueva, noble y protonotario de Aragón y ministro de Felipe IV, que quería construir en él un mausoleo; y doña Teresa Valle de la Cerda, prometida de este joven caballero quien recibió de súbito la llamada divina, debido parece ser a un lío de faldas de su falaz prometido, ingresando en dicho convento con la dote de su noviazgo. Desde ese momento Doña Teresa de la Cerda decide dedicar su vida a la religión y convence a su prometido, don Jerónimo de Villanueva, para que funde uno. La pareja hace voto de castidad y se ve apoyada por una de las tías de la doña Teresa, Doña Ana María de Loaysa, mujer con reputación de santa.

El 17 de junio de 1624 entran en el convento de San Plácido las religiosas fundadoras, junto a la abadesa, doña Andrea de Celis, y el padre prior, párroco y confesor, fray Francisco García Calderón, nombrados por el propio Villanueva. El coste total de la fundación, por el momento, asciende a 51.181 ducados y 9 reales. Por votación de todas las hermanas del convento, Doña Teresa fue nombrada priora.

Según las escrituras de fundación del convento, las monjas adoptaron la primitiva Regla de San Benito para regir su vida entre aquellas paredes del convento de San Plácido. Ésta se caracterizaba por su extrema austeridad y la singular dureza de su disciplina. No dejaba ningún resquicio a la libre voluntad de las devotas y establecía una obediencia absoluta a los superiores.

Debían vestir con tela basta (excepto en caso de enfermedad), utilizar tablas como camas (con un par de sabanas, una manta y una almohada de lienzo gordo) y tener en su celda nada más que un pequeño escritorio sin llave (bufetillo), una pila de agua bendita, una cruz y una imagen.

2 La bella Margarita

Parece ser que el rey Felipe IV, cuyos devaneos amorosos y zalamerías eran cosa sabida en todo Madrid, su válido, el Conde de Olivares y Duque de Sanlúcar la Mayor, y el protonotario de Aragón y ayuda de cámara del Conde, Jerónimo Villanueva, eran tres “buenas piezas” que salían con relativa frecuencia a divertirse juntos.

Un día Villanueva, que recordemos era patrono del convento de San Plácido, entre copas de vino, contó (y se jactó) que en el convento estaba de religiosa una hermosísima dama, de nombre Margarita de la Cruz, y claro el caprichoso rey, a quien no se le podía negar nada, quiso verla.

Aprovechando que don Jerónimo tenía el paso franco por su condición de protector del convento pasó disfrazado a locutorio, vio a la bellísima monja Margarita, se enamoró de ella y repitió las visitas nocturnas los siguientes días, se rumorea incluso con cópulas incluidas, hasta el punto de planear preso de locura de amor del rapto de la religiosa a través de un conducto subterráneo que comunicaba la vecina casa del protonotario con una bóveda o sótano del convento. El rey estaba embrujado por el mal de amores.

Así que al hecho de las supuestas endemoniadas hay que sumarle esta historia de cortejo amoroso en la que se vio envuelto el propio Felipe IV de mano de estos dos subordinados y que puso en graves aprietos a la monarquía. En definitiva, el escándalo fue mayúsculo dentro de Palacio y fue la comidilla del Mentidero de San Felipe durante los 3 años en los que se alargaron los exorcismos dentro del convento.

3 Padre Francisco García Calderón.

El Padre Francisco García Calderón, natural de Barcial de la Loma, en Tierra de Campos, y con cincuenta y seis tacos de almanaque a la espalda, tenía fama de virtuoso y de sabio teológico así como de ser uno de los varones más santos de la iglesia. Lo que muchos parece ser que desconocían es que tan respetable sacerdote guardaba en secreto sus ideales alumbrados.

Por aquel entonces mandaba intramuros del convento. Con su gran don de palabra y sus santos sermones convenció como confesor a sus novicias de la necesidad de alcanzar la gloria de dios a través de actos carnales hechos en caridad, y por tanto sin ser pecaminosos. Los bebedizos y las drogas que el mismo preparaba hicieron el resto.

Durante meses, aprovechándose de su autoridad, el bueno del párroco engatusó a las monjas, convirtió el convento en su propia mancebía, y realizó numerosas e incontables prácticas sexuales con sus pupilas, empezando por la priora y siguiendo en orden alfabético o cronológico -quién sabe- hasta seducir a casi toda la comunidad. Las cinco que se libraron casualmente fueron las más ancianas o más feas del convento.

En este caldo de cultivo, y gracias a algunos bebedizos que distribuía regularmente entre las monjas en las comidas, fue cuando hizo su aparición el Demonio en San Plácido.

4 Los Alumbrados

Durante el siglo XVI apareció en Andalucía y Extremadura la llamada secta de los Alumbrados, que afirmaba que mediante la oración se podía llegar a un estado espiritual tan perfecto que no era necesario practicar los sacramentos ni las buenas obras, e incluso se podían llevar a cabo sin pecar las acciones más reprobables.

Estaba integrada por personajes que estaban en contra de la oración, el ayuno, los gestos de adoración, el agua bendita, el acto de arrodillarse, la veneración de imágenes, los predicadores católicos, la sagrada hostia, la cruz, la Biblia y otras tantas cuestiones, lo que los convertía en hombres malditos de cara al cristianismo. Además, profanaban los lugares sagrados y obligaban a las mujeres a tener relaciones sexuales con ellos como penitencia. Incluso, según las crónicas, llegaron a envenenar y matar a un obispo.

Hablamos, por tanto, de una secta mística, degenerada y grosera, que fue perseguida por considerarse herética, lo cual llevó a la Inquisición Española a promulgar al menos tres edictos en su contra.

5 La primera endemoniada

Quizá debido a la adopción de estas severas condiciones de vida, varias de las religiosas enfermaron pocos meses después de su ingreso en este convento. Pero el primer episodio verdaderamente extraño tuvo lugar el 12 de septiembre de 1625, cuando una de las hermanas, llamada Luisa María de Ribero, tremendamente débil, es trasladada a la enfermería, donde sufre un desmayo. Mientras es tratada por sus compañeras, Luisa María despierta de nuevo y comienza a mostrar aversión a las reliquias, soltar grandes blasfemias, insultos y palabras indecorosas, adoptando muecas extrañas e infringiéndose golpes contra sí misma. Esta inmoral actitud les llevó a pensar que estaban ante el primer caso de “posesión demoniaca” dentro de San Plácido.

En vistas de que no mejoraba, se solicitó la presencia del confesor del convento, el padre Francisco García Calderón. El médico consultado, un tal aconsejó al Padre Francisco realizar un exorcismo. Su dictamen fue claro: se trataba de una auténtica posesión demoniaca. Aunque él conocía muy de primera mano, la verdad de la historia.

De inmediato se le practicó un exorcismo en la capilla, siguiendo el Ritual Romano. Al parecer, poco antes de que la mujer desfalleciera, los allí presentes pudieron escuchar cómo ésta aseguraba que otras muchas monjas serían tentadas por criaturas malignas. Fue un fracaso y resultó inútil.

6 Exorcismos ineficaces

No es difícil imaginar el estupor que provocó aquella aseveración. Pero más miedo cundió cuando, el 29 de septiembre de ese mismo año, otra de las religiosas, sor Josefa María, sufre otra posesión, comienza a maltratarse a sí misma contra paredes y suelos y a sus compañeras intentan retenerla, pero ella se libera a base de manotazos y mordiscos. Le ponen una bolsa con reliquias, pero ella las arroja al suelo con violencia. Cuando consiguen reducirla y conjurar al demonio, éste aseguró llamarse Serpiente y que otras monjas estaban endemoniadas, incluida la priora Doña Teresa Valle de la Cerda lo que comenzó a atormentarla). La sombra del Diablo pareció haberse instalado en el Convento de San Plácido.

La siguiente víctima fue Juana Paula de Villanueva, la enfermera que había atendido a las dos posesas, y tras ésta fue la propia Teresa Valle la que empezó a comportarse de manera más que inquietante. Reía sin sentido, corría frenéticamente por los pasillos, saltaba, se golpeaba…

Los hechos se precipitaron, llegando a contabilizarse 25 casos similares entre las 30 personas enclaustradas que pertenecían al convento, incluyendo el de una niña de 9 años que había entrado en él como novicia.

El padre Francisco no cesaba de practicar exorcismos, aunque sin éxito. Las crónicas relatan cómo los demonios obligaban a las afectadas a comer basuras y otros desperdicios, a blasfemar ante la mención de cualquier palabra piadosa o de alabanza… Incluso hubo varios intentos de suicidio.

7 El Demonio de San Plácido

Las monjas con el paso del tiempo admitieron, entre llantos y vergüenzas, sentirse poseídas por un demonio al que llamaron Peregrino, el cual les causaban sofocos, ahogos, temblores, misteriosas llamadas imperiosas, voces extrañas e impulsos irrefrenables. Ninguna de ellas dudaba de la posesión diabólica, pero la presa predilecta de Peregrino fue la abadesa Teresa, quien no paraba de mortificarse para huir de la angustiosa tentación… el demonio ejercía el poder de los celos, como si de un amante se tratase. Ni que decir tiene, que el influjo del confesor y de sus eróticas conversaciones en el confesionario ayudó a crear ese ambiente de posesión colectiva o histerismo orgiástico.

Lo que ellas desconocían es que Peregrino no era otro que el Padre Francisco disfrazado que se aprovechaba de la fragilidad de las monjas antes sus confesiones, sermones y bebedizos.

8 Un escándalo político

Mientras se pudo, la situación intentó llevarse en secreto. Pero tal fue su magnitud que en noviembre de 1625 el caso transcendió los muros de clausura y se extendió el rumor en los mentideros de Madrid que en San Plácido se ha relajado la regla de San Benito y que algunas de las novicias son presas de extrañas manifestaciones espirituales (“endemoniamientos”). Como el convento había sido fundado por Villanueva, amigo del Conde-Duque de Olivares, la noticia no tardó en convertirse en escándalo político. El prior se ve forzado a escribir una declaración de fe en su nombre y en el del convento, firmada por todas las religiosas

No había día que no se escucharan relatos estremecedores, de cómo algunas hermanas comenzaban a comportarse de extrañas maneras,  algunos vecinos decían incluso que habían visto como se contorsionaban en el suelo, como decían insultos y blasfemias, los ojos se les volvían, gritos desgarradores, poco a poco el rumor se extendió por toda la Corte.

En los mentideros de la Corte y en las Losas de Palacio no se hablaba de otra cosa, de las endemoniadas de San Placido, hasta tal punto que algunos lo achacaban a las continuas visitas de alguno nobles, nombres conocidos, como el Conde Duque de Olivares, el Rey Felipe IV y hasta el dueño de los terrenos y fundador del convento, Don Jerónimo de Villanueva, este último tenía una vivienda en la Calle de la Madera, con los muros pegados al convento, en el que hacía reuniones y juergas con los otros dos nobles,  las malas lenguas decían que comunicaba directamente con los claustros de las hermanas, y como hemos visto no estaban equivocados.

9 Hechizo diabólico

 El 30 de julio de 1626 muere de sobreparto la Marquesa de Eliche, hija única y heredera del Conde-duque de Olivares. Villanueva pide a las religiosas de San Plácido que recen a Dios para solicitar un nuevo heredero al conde-duque.

Desde entonces, Olivares y su esposa visitan asiduamente el convento, donde las monjas animan a la condesa y le pronostican un futuro embarazo (que nunca llegó), aunque los rumores aseguran que Olivares buscaba en San Plácido algún tipo de sortilegio o hechizo diabólico que le permitiera tener descendencia tanto él como el Rey.

Si a esto sumamos el hecho de que parece ser que el  patrón de San Plácido, Jerónimo de Villanueva, convencido de que su antigua prometida, la abadesa poseía el don de la clarividencia, y  angustiado por la situación de su descendencia, acudió al convento para obtener la intercesión del demonio Peregrino gracias a las hechicerías de las que se valía el propio Olivares, y que eran por todos conocidas en la Corte, para así interceder por el nacimiento de un hijo varón que heredase sus títulos.

Sin embargo, ante la situación insostenible que llevaban entre manos, el propio Villanueva, pidió a la Inquisición que investigara los hechos. El Santo Oficio estaba dispuesto a actuar, aunque en primera instancia no pudo hacerlo debido a que el conde-duque de Olivares, valido del rey Felipe IV, protegía a Doña Teresa Valle de la Cerda, con la que se carteaba asiduamente, aunque la realidad era que protegía su rey de sus visitas a Margarita.

Pero finalmente pudo más la presión inquisitorial, lo que llevó a apresar una noche tanto al Padre Francisco como a la abadesa y a las monjas endemoniadas, siendo llevados a las cárceles secretas de la Inquisición en Toledo, y el 2 de junio de 1628 comenzaron los interrogatorios, en los que intervinieron 148 testigos.

10 La investigación del Tribunal

La tortura, por parte del Tribunal de la Inquisición, reveló comportamientos lascivos y sacrílegos en terreno santo, acaecidos en el convento, mezclas de superstición y de libertinaje junto a magia negra y herejía iluminista.

Con todo y eso, el Padre Francisco negó el cargo de alumbrado, reconociendo que había embaucado y drogado a las monjas por puro placer carnal pero sin afán de adoctrinar según la secta iluminista. Ésta confesión le rebajó en mucho la pena, impuesta por el Inquisidor General Diego Serrando de Silva en 1633, siendo recluido de por vida en un convento, privado de todo cargo, con ayuno forzoso a pan y agua tres veces por semana y dos disciplinas para mortificarse. Las monjas fueron condenadas de levi, es decir en menor grado, y después de abjurar se las escoltó a diversos conventos apartados. La abadesa fue recluida en el convento de Santo Domingo el Real de Toledo, pero cuatro años más tarde, arrepentida de sus pecados, fue perdonada restituyéndola en el cargo en San Plácido y puesta de nuevo gracias a la intercesión de Villanueva y Olivares. Las demás enclaustradas fueron esparcidas por distintos conventos.

Jerónimo de Villanueva, Caballero de la Orden de Calatrava, Comendador de Villafranca y Santibáñez, Consejero del Consejo de Aragón, Consejero de Guerra y Cruzada, Consejero de Indias, Protonotario del Consejo de Aragón, Consejero y partidario del Duque de Olivares y amigo íntimo de rey, una vez destituido el Duque y de llegar a ser el enemigo más odiado en Cataluña por ser el culpable del fracaso en política del rey, fue detenido por los hechos acontecidos en el convento de San Plácido y condenado a reclusión en la cárcel, pero gracias a su hermano que era el Justicia Mayor de Aragón, fue sacado de la cárcel y una vez libre se fue a vivir a Zaragoza, no pisando Castilla nunca más. Allí moriría en 1645 a los 58 años de edad.

El influjo de estos dos poderosos hombres, junto con la conducta ejemplar que demostraría después la abadesa llevarían a algo muy inusual: la revisión del proceso para reivindicar el honor perdido por los acusados. Se alegó que el fraile ejecutor de la denuncia era amigo personal del Padre Francisco y que aquello generó en la tergiversación de las declaraciones de las monjas. El Consejo de la Suprema admitió el recurso, abriéndose nuevo juicio con una sentencia favorable y absolutoria en 1638. El poder de los protectores del convento consiguió lo que en su momento no pudieron hacer. El único que no recibió el indulto fue el confesor, dada su reincidencia en sus delitos de liviandad con otra devota.

Solución

  • El qué: Un pecado capital contra el sexto mandamiento -la lujuria-, y pertenencia a la secta de los alumbrados.
  • El cómo: Gracias a su don de palabra sedujo a las enclaustradas con confesiones, sermones y bebedizos.
  • El porqué: Únicamente para satisfacer su deseo carnal.
  • El dónde y cuándo: Convento de San Plácido, en la Villa y Corte de Madrid desde 1628 hasta 1631.
  • El quién: El culpable es el Padre Francisco García Calderón (haciéndose pasar por el Peregrino, el demonio de San Plácido).

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